Orestes

by pjorge on 13 Enero 2010

En el planeta Micenas se elevaba una alta ciudad. Ante sus murallas, que se disparaban al cielo como montañas y estaban fabricadas de un metal de tal resistencia que ni mil siglos de abusos y asaltos hubiesen hecho mella en ellas, se plantó Orestes. Su traje espacial estaba roto en varios lugares, el casco lo había abandonado en algún recodo del camino, su pelo rubio estaba manchado y ennegrecido en algunos lugares y su rostro señalaba los años pasados. En una mano sostenía una pistola, en la otra, una larga espada que había pertenecido a su padre, a su verdadero padre, y a su abuelo antes que a él. Examinó con lo ojos pequeños y profundos las puertas de la ciudad. Como estaba convenido, esperó a que Ifigenia viniese a señalarle el camino a los aposentos de sus padres, aquel donde el usurpador, con la connivencia de su madre, mancillaba la cama de Agamenón.

Orestes esperó y esperó, pero fue en vano. Ifigenia no vino. Siguió esperando hasta que ya no supo hacerlo más y él mismo se aprestó a penetrar en la ciudad. Al tocar las puertas se sorprendió al encontrárselas abiertas. Las empujó, y extrañamente sintió que con el simple roce de su mano las hojas, más pesadas que un cometa, cedían como si fuesen de aire. Más allá, ya tras las murallas, sólo se veían las calles desiertas de Micenas.

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